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Por muchos años se ha dado por un hecho que las serpientes constrictoras, como las boas o las pitones, utilizan la asfixia como su método de caza y como primer paso antes de engullir a sus presas.

Pero en 1994 David Hardy, un zoológo estadounidense propuso otra teoría. Este científico notó que para asfixiar a un ser vivo se necesita más tiempo del que realmente tardan las serpientes para dejar a sus presas sin vida, pero en aquel entonces no se puso mucha atención a su teoría.

Once años después, el investigador Scott Boback publicó en la revista Journal of Experimental Biology un estudio donde respalda la teoría de Hardy: las serpientes no asfixian, sino que cortan el riego sanguíneo a los órganos vitales de sus víctimas.

Durante este estudio, los investigadores midieron la presión sanguínea de varias ratas vivas que fueron anestesiadas para evitar su sufrimiento durante el estudio, mientras eran constreñidas y pudieron observar cómo la presión arterial bajó y la presión venosa subió. Esto implica que el oxígeno, que viaja a través del riego sanguíneo, deja de llegar rápidamente al cerebro y otros órganos vitales, provocando la muerte de las presas en tan solo segundos.

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